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El Poder de la Oración
Jesús vino a hacer dos cosas: sanar a los enfermos y anunciar la buena noticia del Reino. Cuando leemos los evangelios nos damos cuenta que Jesús curó a mucha gente: los ciegos, los leprosos, los cojos, etc. Los cuatro evangelios describen las muchas veces que Jesús sanó a los enfermos. Fíjense que cuando Jesús curaba a los enfermos nos les preguntaba si eran buenos judíos, si practicaban su fe, si iban a la sinagoga a menudo. Nunca les preguntó si oraban o si cumplían con sus obligaciones religiosas. Tampoco les preguntó si eran “buena gente”. La única razón por la cual Jesús los sanaba era porque estaban enfermos.
Dios nos ama porque sí. No hay nada que nosotros podamos hacer o dejar de hacer para merecer el amor de Dios. Dios nos ama gratuitamente porque es nuestro padre y nuestra madre.
Nosotros estamos llamados a ser Jesús para los demás. Somos la iglesia, el cuerpo místico de Cristo y continuadores de su obra (el Reino). Nuestro ministerio de evangelización tiene que incluir el preocuparnos por los enfermos. La fuerza de Jesucristo nos da la salud y por eso en la iglesia celebramos el Sacramento de la Unción de los enfermos. Y todos nosotros, como iglesia viva, nos unimos a esa celebración sacramental a través de nuestra oración. Confiemos en el poder y la eficacia de la oración. Nosotros participamos en el proceso de sanación pidiéndole a Dios nuestro Padre con fe y confianza en su amor sin límites que sane a los que están enfermos. Y de esa manera continuamos haciendo a Jesús presente entre nosotros.
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