¿Dónde está Dios cuando pasa un huracán?

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OR EL DIÁCONO JORGE GONZÁLEZ
j.gonzalez@caminodelmatrimonio.org

MIAMI, viernes, 19 de september 2008 – Sólo han pasado unos pocos días desde que el huracán Ike causó grandes desastres en Cuba, el Caribe y Texas. Han habido muertos, padres o madres que jamás volverán a ver a sus hijos. Son miles las familias que han perdido sus casas, lugares de empleo, sus escuelas y lugares de oración. Las pérdidas se calculan en decenas de billones de dólares. Ike, como todos los grandes huracanes, ha causado mucha destrucción y dolor. Varias personas me han preguntado: ¿Dónde está Dios cuando pasan estas cosas? ¿Qué hace Dios?

Me atrevería a decir que estas personas también han perdido la fe en ese
Dios que ellos creen puede controlarlo todo, dominarlo todo, pero que obviamente no lo hace. No actúa, según ellos, a pesar de sus oraciones, a veces hechas con mucha "fe". Me atrevo, entonces,  a compartir estas pobres ideas de cómo, personalmente, entiendo que Dios "actúa" o "deja de actuar" cuando hay desastres como los huracanes, terremotos, y otros fenómenos de la naturaleza.

Primeramente les diré que cuando era yo un niño, y estudiaba en la escuela
de los Hermanos Maristas, yo creía en un Dios que podía arreglar todos mis problemas. En un Dios estilo "Superman". Era un niño muy piadoso que hasta deseaba ser sacerdote o hermano religioso, quería ser un hombre consagrado a la educación cristiana de los niños como aquellos curas y hermanos que eran mis maestros en la escuela elemental.  Entonces me sucedieron cosas dolorosas que yo no quería que pasaran y que incluso había puesto en oración para que no se hicieran realidad, y sin embargo pasaron.

Según fui creciendo y viendo que Dios permitía que yo sufriera y que otras
personas sufrieran, que se muriera uno de mis compañeros, con sólo nueve años, de una enfermedad muy penosa, empecé a perder la fe en ese  Dios "Superman" que podía arreglarlo todo. Al llegar a la adolescencia dejé de rezar, más tarde dejé de participar en la vida de la Iglesia y al final, de creer en Dios. Después, cuando estudiaba en la universidad me dije: Dios no existe, y si existe, no es un Dios bueno pues permite que pasen muchas cosas terribles por las que la gente sufre. Así fue el fin de mi relación espiritual con el Dios que "todo lo puede arreglar".

Me casé y empezaron a venir los hijos. Mi vida se concentró en el proveer lo
que mi familia necesitaba. No tenía ninguna conexión personal, o comunitaria con el Dios de mi infancia. Sin embargo, al "ser padre" me di cuenta que aunque yo amaba a mis hijos con un amor muy grande, yo no podía evitar que ellos se cayeran y rompieran un brazo jugando, no podía evitar que tuviesen problemas en el colegio, o en el barrio con sus amigos. Es decir, a pesar de ser su padre y quererles mucho, no podía evitarles ni el sufrimiento ni el dolor. Cuando mis hijos crecieron (tengo seis hijos hombres) y se hicieron adolescentes, yo les indicaba qué cosas estaba bien hacer, y cuáles no estaban bien. En otras palabras, traté de dar una serie de ideas y de valores que yo pensaba les iban a ayudar a lograr la felicidad. Algunas veces mis hijos me hicieron caso, otras veces no lo hicieron. Es decir, los padres damos indicaciones y establecemos reglas para que nuestros hijos tengan una vida sana, feliz y prosperen, pero he podido probar que en definitiva nuestros hijos hacen lo que ellos deciden hacer. No estamos en control de sus vidas, sólo podemos "estar junto a ellos" para acompañarles.

Algo parecido le sucede a Dios con nosotros, sus hijos. Nos da los mandamientos como ayuda para nuestra vidas, pero hacemos más o menos lo que queremos hacer sin tomarle en cuenta. También al pasar los años me di cuenta de que mis hijos sufrían por problemas que no estaban relacionados con su conducta personal, sino debido a que viven en el mundo, y al vivir en el mundo, pues uno se moja cuando llueve, hay accidentes automovilísticos, problemas económicos, sociales, políticos, etc.

El mundo está lleno de cosas buenas y de cosas no tan buenas. El estar vivo
implica que inevitablemente vamos a experimentar las cosas que le suceden a todos los seres vivientes. Cuando por unos anos vivíamos en el norte de este país, pues nevaba, hacía mucho frío en el invierno y había que tener mucho cuidado al conducir el auto en la nieve. Pero no había huracanes. Cuando trabajaba yo en el sur de California, había terremotos, pero no había ni nieve, ni huracanes. Comencé a entender que los huracanes pasan por el Caribe y el sur de nuestro país. Entendí que en esta área del planeta se experimentan los huracanes porque vivimos en el lugar por donde ellos pasan.  En la vida se sufre, porque estamos vivos. Entendí que el sufrimiento y el gozo son, sencillamente, parte de lo que se experimenta cuando uno está vivo. Sencillamente, ambos son parte de la vida. Pero entonces... ¿Dónde está Dios? ¿Qué hace Dios?

El Dios en que ahora creo, no es un Dios que está lejos, en el cielo, detrás
de los planetas o las estrellas. El Dios en que creo ahora, está dentro de cada persona. No afuera, sino adentro y muy cerca. Es el Dios a quien Jesús llama Padre. Ese Dios nos habla, no a gritos, sino con suaves susurros.  Este Dios nos habla en el "corazón". Al igual que yo enseñaba a mis hijos, Él nos enseña, al igual que yo era
paciente con mis hijos cuando no hacían lo que yo les había enseñado, Él es
paciente con nosotros. Al igual que yo les perdonaba a ellos, Él nos perdona
a nosotros. El Dios en que ahora creo es paciente, cariñoso, cercano, compasivo,
misericordioso, siempre fiel y listo a perdonarnos. Sobre todo es un Dios que desea
amar al "otro" usándome a mí. Usándonos a nosotros. Este Dios quiere usarnos
como instrumentos de su amor. Quiere que yo sea sus manos y sus pies y quiere usar mi corazón para llevar a los otros un poco de alegría y de paz. No es un Dios lejano que nos ama "desde afuera". Es un Dios cercano que nos ama y nos habla... desde adentro.

¿Dónde esta Dios en esta situación del huracán Ike? Pues creo que está
dentro de muchas personas que ahora envían dinero, comida, agua, etc. a los que sufrieron el impacto de estos huracanes. Está dentro de los que sufren y los que necesitan nuestra ayuda y dentro de los que, en imitación a Jesús, su Hijo, están amando, compartiendo, teniendo misericordia de aquellos que ahora sufren. El Dios en que ahora creo está dentro de nosotros... amando.

Lejos de ser un Dios fuerte, lejano, inmutable, es un Dios que se hace
débil por amor, un Dios cercano, no lejano, que nos acompaña en nuestro vivir. En las cosas buenas y en las malas. Siempre está con nosotros. No está en el firmamento escondido entre nubes, estrellas y planetas. Está dentro de mí, y dentro de mi prójimo. Es un "Dios con nosotros". Jesús es la mejor imagen que tenemos de Dios Padre. El que conoce a Cristo, conoce al Padre que lo ha enviado a nosotros. Cuando vemos, escuchamos y entendemos a Cristo Jesús, vemos escuchamos y entendemos a Dios.

 ¿Dónde está Dios? Está dentro de nosotros a través de su Espíritu. El
Espíritu Santo habita en nosotros.  Dios es amor, y nos usa a nosotros como instrumentos de su amor. No está en el "negocio" de parar terremotos, huracanes, nevadas, desastres en la Bolsa de Valores o en los gobiernos de turno. Está en el "negocio" de convertirnos en personas que se parezcan un poco a su Hijo Jesús,  de hacernos más solidarios, comprensivos, amables y caritativos. Eso es lo que creo que hace Dios. ¿Cómo creo que debiésemos de orar?  No sé, pero yo oro así:

Dios Padre de misericordia, dame la sabiduría y prudencia que necesito para prepararnos bien cuando sabemos que viene un huracán. Dame tu amor y tu compasión para poder compartir lo mucho que tu nos das con aquellos que están sufriendo en estos momentos.  Ayúdanos a parecernos cada vez más a tu Hijo Jesús.  Amen.